Enfermedades neurológicas

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I Capítulo. Neurotóxicos Medioambientales. Generalidades. Pesticidas.

I I Capítulo. Neurotóxicos Medioambientales. Metales: Plomo, mercurio, cadmio, manganeso.

III Capítulo. Neurotóxicos Medioambientales. Organoclorados, Organobromados y Bisphenol A (BPA).

IV Capítulo. Neurotóxicos Medioambientales. Nicotina, alcohol, solventes y aditivos alimentarios.

“Los trastornos neurológicos del desarrollo, desde el espectro autista, Déficit de atención hiperactividad, Sd. Rett… constituyen un ejemplo de enfermedades multifactoriales en las que las interacciones genes-medioambiente en los periodos vulnerables del desarrollo cerebral constituyen elementos clave para la compresión de la aparición de estas enfermedades”. Dr. JA Ortega (PEHSU-Murcia)

Los transtornos neurológicos del desarrollo constituyen una prioridad de estudio para la OMS y la UE. Las cifras actuales hablan de proporciones epidémicas.

Los pediatras diagnosticamos pacientes con patologías neurológicas (cognitivas, conductuales, motoras, sensoriales y malformativas). Los trastornos del aprendizaje, conducta y del desarrollo en los niños son claramente el resultado de complejas interacciones entre factores ambientales (físicos, químicos, biológicos, psicológicos y sociales) y genéticos durante los periodos vulnerables del desarrollo. (1)

A diferencia de los adultos, la exposición a sustancias químicas neurotóxicas durante las ventanas de vulnerabilidad en períodos críticos de la organogénesis e histogénesis del cerebro puede hacer que el niño sufra una alteración de la función cerebral de por vida o bien que aparezca durante su etapa adulta. (2)

El número de niños afectados por deficiencias del neurodesarrollo es importante y parece incrementarse:

1. Solo los problemas del aprendizaje pueden estar afectando aproximadamente entre un 5% y 10% de los niños escolarizados. (3,4)

2. El número de niños en programas de educación especial clasificados con problemas del aprendizaje se incrementó en un 191% entre 1977 y 1994 en los países occidentales. (5)

3. El déficit de atención con hiperactividad, de acuerdo con estimaciones conservadoras, afecta entre el 3% a 6% de los niños en edad escolar, aunque evidencias recientes sugieren que la prevalencia podría ser tal alta como del 17%. (6,7)

4. La incidencia de autismo puede alcanzar el 1 por cada 100 niños (8). Y la tendencia es a incrementarse (9).

5. Aproximadamente el 1% de todos los niños sufren retraso mental.(10)

Estas cifras sugieren un problema de proporciones epidémicas. La carga que estos trastornos suponen en los niños afectados, familias y comunidades es enorme: dificultades económicas, emocionales, incremento de suicido, abuso de sustancias, desempleo y dificultades académicas.

Surgen una variedad de explicaciones en respuesta a estas tendencias. Podría ser producto de una mejor detección y registro, aumento en la comunicación de los casos, o como resultado de una demanda de una sociedad tecnológicamente más avanzada que intenta adelantar habilidades más complejas a edades más tempranas.

A pesar de que hay pocas dudas acerca de las influencias genéticas en las enfermedades y desórdenes neurológicos, para una vasta mayoría de ellos no hay evidencia de que los factores genéticos sean la causa predominante. Aunque nuestra compresión del tema es incompleta, ahora tenemos la certeza de que complejas interacciones entre factores genéticos y ambientales juegan un rol extremadamente importante.

Nuestros niños viven hoy en un mundo probablemente muy distinto al que nosotros hubiésemos deseado. Alrededor de casi 100.000 sustancias químicas se encuentran actualmente en el circuito comercial. (11) La mayoría de ellas comparten nuestro mundo desde la 2ª Guerra Mundial, y lo que es más importante cada año se incorporan de 2000 a 3000 nuevas sustancias. El grado en el cual estas exposiciones interrumpen el desarrollo humano y de la vida silvestre es un asunto de considerable importancia y preocupación. La información acerca del potencial neurotóxico de la mayoría de estas sustancias es desconocida, y está virtualmente ausente. Para las relativamente escasas sustancias de las que disponemos datos de neurotoxicidad (< 0,4% del total) se han usado los test animales para predecir los riesgos de exposición humana. Además, para la mayoría de las sustancias químicas, incluyendo los resultados en animales, no disponemos de datos de exposición a mezclas de compuestos que caracterizan los sinergismos e interacciones del mundo real. En la tabla nº 1 (12) podemos ver una lista parcial de sustancias neurotóxicas.

Debido a todas estas interacciones comprender la(s) causa(s) de una deficiencia neurológica de un niño particular es extraordinariamente difícil. Esto es lo que sucede cuando la mayoría de las investigaciones que identifican los factores de riesgo como, por ejemplo, niveles elevados de plomo, se basan en estudios epidemiológicos más que en estudio individuales. A pesar de eso, podemos concluir con certeza que, en una población dada, la exposición durante el desarrollo a niveles altos de plomo dañara las funciones cognitivas y la conducta, pero nunca podremos definir el grado en que esas funciones son afectadas en un niño determinado por exposición a plomo. Esto es porque tanto la función cognitiva como el comportamiento, son el resultado de complejas interacciones entre factores genéticos y medioambientales (físicos, químicos, biológicos y sociales). Esas interacciones no son virtualmente entendidas claramente en un caso individual y a pesar de que es una tentación atribuir un resultado particular en una determinada persona a un u otro factor, llegar a tal conclusión es raramente posible. Preferiblemente deberíamos aprender cuanto podamos de la información disponible de carácter poblacional, prevenir exposiciones a datos potenciales siempre que sea posible y aceptar los límites de nuestra capacidad para asignar causas a individuos. Los pediatras no podemos seguir ignorando la enorme cantidad de evidencia que muestra como contribuye la exposición química a la epidemia de problemas del neurodesarrollo en la infancia. Tenemos el deber moral y científico de velar, cuidar y tutelar la salud de los niños y desatar medidas preventivas sobre las exposiciones ambientales de riesgo en cada una de nuestras consultas. Somos los profesionales “centinela” y vigilantes ante las agresiones ambientales de la infancia.

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NIña estudiando

Un gran número de compuestos químicos interfieren con el desarrollo normal del cerebro, entre ellos se incluyen metales pesados, alcohol y otros solventes, nicotina, narcóticos, cocaína, marihuana, algunos medicamentos, pesticidas, etc. Como hemos visto anteriormente, los neurotóxicos pueden alterar el desarrollo y funciones del cerebro de manera específica y de forma permanente. Unos pocos han sido ampliamente estudiados (plomo, mercurio, algunas drogas -como alcohol, nicotina, cocaína, opiodes-) mientras que sobre la mayoría se ha hecho una investigación mínima.

A continuación resumimos lo que se conoce de la toxicidad sobre el neurodesarrollo de algunos solventes de uso común, pesticidas, nicotina, metales y compuestos organoclorados y bromados persistentes. También discutimos brevemente las importantes controversias sobre la toxicidad potencial sobre el neurodesarrollo de los compuestos que se agregan intencionalmente al agua potable y a los alimentos (fluoruros y ciertos aditivos).

Las pruebas experimentales de toxicidad generalmente implican examinar un químico por vez. Aunque este enfoque constituye una contribución importante, no logra informarnos de los efectos sobre el neurodesarrollo de las exposiciones a mezclas de distintos compuestos. El cuerpo humano contiene mezclas de metales pesados y químicos orgánicos sintéticos en sangre, huesos y otros órganos, grasa, leche materna, esperma y aire exhalado. La investigación epidemiológica es complicada por el hecho que no existen personas no expuestas que sirvan como controles con un propósito comparativo.

Es importante destacar que muchos compuestos químicos de conocida o sospechada toxicidad neurológica, nunca han sido probados para los efectos sobre el neurodesarrollo y las funciones cerebrales (1). Sobre estos no hay información para consultar. Así por ejemplo el registro de un pesticida nuevo no requiere pruebas de evaluación de efectos sobre el cerebro en desarrollo o el SNC adulto antes de su ingreso en el mercado. US EPA solo recomienda este tipo de evaluación después que se detectan ciertos efectos (2). El iceberg tóxico constituye un ejemplo muy ilustrativo, de lo que ocurre en el mundo de la neurotoxicología pediátrica: existe una pequeña porción visible (constituida por la evidencia acumulada en unos pocas sustancias neurotóxicas), sin embargo la mayor parte de “efectos” y conocimientos permanece sumergidos, de los cuales algunos son parcialmente conocidos y otros, los más profundos y latentes probablemente nunca llegaremos a descubrir con las actuales evaluaciones de riesgo. Como científicos son más las cosas que ignoramos que las que sabemos, y estas últimas constituyen un centinela de la enorme proporción de “iceberg oculto”.

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